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John Paul II's Apostolic Visit to Puerto Rico

Blessed John Paul II was a pilgrim to Puerto Rico in 1984, visiting San Juan de Puerto Rico on 12th October during his 24th apostolic journey, on which he also visited Zaragozza (in Spain) & Santo Domingo.

Homilía del beato Juan Pablo II en la Santa Misa
Plaza de Las Américas de San Juan de Puerto Rico
Viernes 12 de octubre de 1984 - en español e italiano

“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 6).

1. Queridos hijos e hijas de Puerto Rico: el obispo de Roma y Sucesor de Pedro profesa hoy junto a vosotros la fe que expresan las palabras del Apóstol San Pablo, tomadas de la Carta a los Gálatas: Dios envió a su Hijo nacido de mujer.

Apoyándome en la verdad salvadora contenida en esas palabras, saludo cordialmente y doy la bienvenida a toda la comunidad del Pueblo de Dios que vive en Puerto Rico, así como a todos los miembros de la sociedad de esta isla de “Borinquen bella”, a la que Colón dio el nombre de San Juan Bautista.

¡Que gozo produce en mi ánimo constatar que en esta tierra rodeada por el océano Atlántico, sus gentes han acogido a Cristo, dan testimonio de El y le proclaman como el Hijo de Dios y Salvador, como la Cabeza de la Iglesia y del objeto de su fe!

Por eso doy gracias a Dios por este encuentro, en el que todos nos sentimos unidos en Cristo, alegres por su presencia entre nosotros, reconociéndole como raíz de nuestra hermandad en El.

En esta perspectiva de intenso significado eclesial, doy mi cordial saludo a los Pastores de la Iglesia en Puerto Rico; ante todo al Señor Cardenal Luis Aponte Martínez, arzobispo de San Juan, a los otros obispos presididos por Monseñor Juan Fremiot Torres Oliver, a los sacerdotes, seminaristas, familias religiosas y pueblo fiel. Doy también la bienvenida a nuestros hermanos cristianos representantes de las otras Iglesias y comunidades cristianas de Puerto Rico. Un saludo que se extiende al Señor Secretario de Estado de los Estados Unidos, que ha venido a recibirme al aeropuerto, al Señor Gobernador, a las autoridades y a los representantes del pueblo puertorriqueño en sus diversas expresiones político-sociales.

2. “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo . . . para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 5).

Tal es el designio eterno de Dios. El plan eterno de la Divina Providencia. Dios así lo ha querido, para que los hijos e hijas del género humano alcancen en su Hijo la dignidad de hijos e hijas de Dios. Para ello, Aquel que es de la misma naturaleza que el Padre — Dios verdadero de Dios verdadero, el Hijo eterno, el Verbo del Padre — se hace hombre.

Y para que esta adopción divina del hombre se realice constantemente, “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre” (Ga 4, 6).

Gracias al poder santificador del Espíritu Santo: la gracia santificante, no sólo somos llamados hijos de Dios, sino que lo somos de verdad (cf 1Jn 3,1), y podemos por ello llamar a Dios “Padre”.

Somos hijos en el Hijo. Y si hijos, también herederos por voluntad de Dios (Ga 4, 7).

En esta condición de hijos y en esta herencia se manifiesta cuán llena de amor está la Divina Providencia hacia los hijos e hijas del género humano.

3. Dios envió a su Hijo, “nacido de mujer”. El nombre de esa mujer era María.

Toda la Iglesia la saluda con las palabras del arcángel Gabriel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28).

La Iglesia en Puerto Rico venera a María como Madre de la Divina Providencia. En ello se manifiesta la profundidad de vuestra fe. En efecto, la Divina Providencia está vinculada con la Maternidad divina de María. El Hijo de Dios — eternamente de la misma naturaleza que el Padre — mediante María se hizo hombre semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (cf Hb 4, 15), porque Ella — en la obediencia más profunda a sus designios divinos — lo concibió virginalmente y lo dio a luz como el Hijo del hombre.

De esta forma María es verdaderamente la Madre de la Divina Providencia, y vosotros la proclamáis con este título particular y la veneráis bajo esta hermosa advocación.

4. Sé bien que en esta tierra borinqueña ha sido siempre muy profunda la devoción a la Madre de Cristo y de la Iglesia. A Ella el puertorriqueño la siente de veras como la propia Madre del cielo.

Ese amor a María os viene desde los primeros misioneros, venidos de tierras de arraigada tradición mariana. Vuestros religiosos, sacerdotes y obispos —ininterrumpidamente desde el primer Pastor de esta sede arzobispal, Alonso Manso, el primer Prelado que pisó tierra americana — os han inculcado esta devoción.

Ese profundo sentimiento de hermanos en la fe e hijos de una Madre común os ha enseñado la mutua comprensión, la hospitalidad, el amor a la convivencia en paz, la capacidad de entendimiento por encima de las diversas opciones sociales. Es algo que debéis preservar en todo momento y circunstancias.

El amor providente del Padre os ha guiado siempre por los caminos de la historia de la mano de María. En momentos históricos difíciles para la fe, el jíbaro bueno de esta tierra llevaba, y lleva aún, colgado de su cuello el rosario de la Virgen María. Era la identificación de su fe.

Y mi Predecesor Pablo VI proclamó Patrona de Puerto Rico a Nuestra Señora de la Divina Providencia.

Sé que ahora tenéis el propósito de edificar a María, Madre de la Divina Providencia, un santuario, donde vosotros y vuestros hijos aprendáis a caminar mejor hacia Jesús por medio de María. Quiero alentar vuestro deseo y pido al Señor que os conceda poder realizarlo. Este santuario mariano deberá recordaros que vosotros sois las piedras vivas del templo espiritual y universal que es la Iglesia. Esa Iglesia que vive también en Latinoamérica, en cuyo contexto estáis situados.

En la medida que viváis vuestra fe, daréis vigor y estabilidad a ese templo, llamado a acoger y proteger a todo hombre. Haber recibido el bautismo es una gran gracia. Pero ella constituye sólo el primer capítulo de una historia personal y colectiva que es preciso escribir con constantes ejercicios de fe, capaces de mantener siempre viva la llama del amor y de la esperanza que Cristo encendió al compartir nuestra vida. Nuestra respuesta a su encarnación deberá ser la de seguir fielmente nosotros el programa de vida que El escogió. Porque ser cristiano significa acatamiento de la voluntad salvífica del Padre, imitación de Cristo en su amor al hombre y trato frecuente con el Espíritu Santo.

Pensad en este programa cuando entréis en el futuro templo consagrado a María, Madre de la Divina Providencia, y que Ella os ayude a realizarlo para bien vuestro y de la entera comunidad puertorriqueña.

5. El Evangelio de esta Misa trae a nuestro recuerdo el acontecimiento que tuvo lugar en Caná de Galilea: las Bodas de Caná. Durante las mismas viene a faltar el vino. Entonces María se dirige a Jesús con estas palabras: “No tienen vino” (Jn 2, 3).

A través de este suceso ordinario, la Iglesia quiere enseñarnos que María es la Madre de la Divina Providencia, porque cuida de nuestro acontecer humano.

Ella, en efecto, como Madre de todos (cf Lumen gentium, 61), como ejemplo y tipo de la Iglesia, vela sobre sus hijos. Y los alienta a esforzarse por edificar el mundo en el amor, en la comprensión y la justicia, para que la realidad temporal sea más digna del hombre (cf Gaudium et spes, 93).

Ella sigue intercediendo por los hombres sus hijos, para que no olviden sus deberes temporales de fidelidad a Dios y al hombre), a la vez que continúa alcanzándoles del Redentor “los dones de la eterna salvación” (Lumen gentium, 62).

6. Jesús responde a las palabras de su Madre: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4) . Sin embargo, a pesar de la respuesta (que parece negativa) la Madre de Jesús dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). Y, en efecto, Jesús ordena a los criados llenar las tinajas de agua, que se convierte en vino. Ante ello nota el evangelista: “Así en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Jn 2, 11).

La Madre de la Divina Providencia se revela también en las palabras: “Haced lo que él os diga”. Aquí se desvela la función esencial de María, que es conducir a los hombres hacia la voluntad del Padre manifestada en Cristo. Conducir a sus hijos hacia el centro del misterio salvador del Redentor del hombre.

Ella con su palabra, pero sobre todo con su ejemplo de obediencia perfecta al designio de la Providencia, sigue indicando a cada hombre y sociedad el camino a seguir: Haced lo que El os diga. Como si dijera: escuchad su palabra, porque El es el enviado del Padre (cf Mt 3, 17); seguidle con fidelidad, porque El es el camino, la verdad y la vida (cf Mt 5 13-16); sed operadores de paz, de justicia, de misericordia, de limpieza de corazón (cf Mt 5, 1-2); ved en el hambriento, en el enfermo, en el forastero la presencia de Cristo que reclama ayuda (cf Mt 25, 31-46).

7. Queridos hijos e hijas de Puerto Rico: La Madre de la Divina Providencia está particularmente presente en medio de vuestra comunidad. Indicando a Cristo el Señor, Ella repite las palabras dichas en Caná de Galilea: “Haced lo que él os diga”.

¿Qué tiene que deciros hoy?

Uno de los terrenos a los que su solicitud maternal se dirige, es sin duda el de la familia. La estima profunda por la misma es uno de los elementos que componen vuestro patrimonio religioso-cultural. Ella transmite los valores culturales, éticos, cívicos, espirituales y religiosos que desarrollan a sus miembros y a la sociedad. En su seno, las diversas generaciones se ayudan a crecer y a armonizar sus derechos con las exigencias de los demás. Por ello debe ser un ambiente intensamente evangelizado, para que esté impregnado de los valores cristianos y refleje el ejemplo de vida de la Sagrada Familia.

La apertura a otras sociedades debe pues serviros para enriquecer la vuestra. Pero no permitáis que concepciones ajenas a vuestra fe y peculiaridad como pueblo destruyan la familia, atacando la unidad y la indisolubilidad del matrimonio. ¡Salvad el amor fiel y estable!, y superad la concepción divorcista de la sociedad.

Recordar también que — como enseñó el último Concilio — “la vida, desde su concepción, debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (Gaudium et spes, 51). Ninguna ley humana puede, por ello, justificar moralmente el aborto provocado. Como tampoco son admisibles en el plano moral las actuaciones de las autoridades públicas que intentan limitar la libertad responsable de los padres al decidir sobre los hijos a procrear.

8. Otro campo al que habéis de aplicar la enseñanza del Maestro es el de la juventud. A su formación en la fe habrá de dedicar la Iglesia en Puerto Rico una de sus solicitudes preferenciales, para que Cristo esté presente e inspire la conducta de los jóvenes.

La juventud huye de la mediocridad, vive la esperanza y quiere encontrar su debido puesto en la sociedad de hoy. Por ello su voz debe ser escuchada y debe tener acceso a los bienes espirituales, culturales y materiales de nuestro mundo, para evitar que sea víctima de la frustración, la evasión o la droga.

Pero no olvidéis nunca que para llenar de ideales válidos el alma del joven hay que darle horizontes de sólida educación moral y cultural. Alabo y bendigo, pues, el esfuerzo que la Iglesia hace en Puerto Rico en favor de la juventud, tanto en la escuela o colegio como en la universidad. Y os aliento a proseguir ese camino, para que todos, de cualquier posición social sean, puedan recibir en los centros educativos de la Iglesia y fuera de ellos una educación integral.

Ojalá los padres encuentren plena libertad para elegir el tipo de escuela que prefieran para sus hijos, sin soportar por ello cargas económicas adicionales (cf Código de Derecho Canónico, can. 797), y que las escuelas provean también a la educación religiosa y moral de los jóvenes, de acuerdo con la conciencia de sus padres.

9. El sector de los laicos es otro al que apunta la necesidad de aplicar lo que Cristo pide hoy a la Iglesia en Puerto Rico.

El Concilio Vaticano II perfiló claramente la figura y misión del laicado cristiano en la Iglesia y en el mundo. Es consolador saber que en este país surgen grupos de jóvenes y adultos que, conscientes de las exigencias del propio bautismo, quieren colaborar con generosidad en el servicio apostólico a la comunidad eclesial, siendo ellos mismos los primeros en vivir íntegramente su fe.

Quiero, por ello, alentar a los laicos en su dinamismo cristiano, exhortándolos a ejercer su misión en íntimo contacto con los obispos y sacerdotes. Piensen los laicos cristianos que a ellos corresponde imbuir la realidad temporal de los valores del Evangelio (cf Apostolicam actuositatem, 7), y luchar desde dentro en la transformación de la sociedad según Dios. A ellos se abre un inmenso campo de acción, para contribuir con todas sus fuerzas a la mejora social en la difícil situación económica presente. A su tarea generosa queda abierta la necesaria obra de moralización de la vida pública, el esfuerzo para que el peso mayor de la situación no caiga sobre los más pobres, la lucha contra lo que trastorna la convivencia social, contra la delincuencia, la droga, la corrupción, el alcoholismo. Con ideales de insobornable sentido ético y de amor al hombre imagen de Dios, podrá el laico cristiano cambiar los corazones y elevar así el tono moral de la sociedad.

Hablando del empeño eclesial y humano de los laicos, quiero reservar una especial mención, agradecimiento y aliento a los animadores o presidentes de asamblea, que tanto bien hacen a las comunidades cristianas donde falta el sacerdote. Y lo mismo quiero decir a los numerosos catequistas aquí representados, y que colaboran tan eficazmente en la obra de la evangelización. Estos tienen un eximio modelo en fray Ramón Pané, que catequizó y conoció a fondo la cultura de los taínos. Por ello, queridos catequistas y animadores de asamblea: en esta tierra de fecundas realizaciones catequísticas, proseguid vuestro empeño en favor de la fe de vuestro pueblo.

En este contexto de universalidad eclesial, no puedo menos de saludar a los muchos miembros de otras comunidades cristianas, presentes con nosotros, y que en Puerto Rico han encontrado una acogida cordial y su inserción social.

Como Pastor de toda la Iglesia, dirijo pues mi más afectuoso saludo a cuantos viven fuera de su patria. Entre ellos, a los haitianos, a los procedentes de varios países de Europa, a los miembros de los otros grupos lingüísticos o nacionales y en particular a los numerosos fieles de Cuba.

Ese nombre que acabo de pronunciar, Cuba, tan cercana geográficamente, suscita en mí sentimientos de profundo afecto y cercanía de la Iglesia a todos los hijos de ese noble pueblo: sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, laicos cristianos de la Perla del Caribe.

10. Reunidos en esta comunidad extraordinaria del Pueblo de Dios, después de haber meditado la Palabra revelada que nos presenta la liturgia de hoy, deseamos pronunciar todos, junto con la Madre de Dios, este himno de alabanza a la Divina Providencia en el que Ella ha expresado el “magníficat” de su alma:

“Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, santo en su nombre, y su misericordia alcanza de generación en generación a los que lo temen” (Lc 1, 49s).

Queridos hermanos y hermanas: Esté siempre vivo en vuestros corazones el temor de Dios. Este es el principio de la sabiduría (cf. Sal 110 (111), 10). Y de la sabiduría nace el amor.

No dejéis de dar gracias a Dios, porque “envió a su Hijo, nacido de mujer . . ., para que recibiéramos la filiación adoptiva”.

No dejéis de agradecer la herencia de la fe en Cristo y la gracia de la adopción divina.

No dejéis de dar gracias por la Madre de la Divina Providencia. Que sea Ella para todas las generaciones de esta tierra la puerta de la salvación. Amén.

Discurso del Santo Padre Juan Pablo II al Clero de Puerto Rico
Pabellón de Deportes de la Universidad de Puerto Rico
Viernes 12 de octubre de 1984 - en español e italiano

"Amadísimos sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas:

1. Un motivo de particular satisfacción para mi en esta visita a Puerto Rico, que deseaba desde hace tiempo, es el encuentro con vosotros, las fuerzas vivas de la Iglesia en esta hermosa Isla, a la que Colón bautizó con el nombre del Precursor del Mesías: San Juan Bautista.

El Papa es bien consciente de lo que vosotros significáis para la Iglesia, y de la entrega y sacrificios con que lleváis a cabo vuestra misión pastoral como mensajeros del Evangelio, testigos de la fe y servidores de los hermanos. Por ello, durante este viaje apostólico con el que se inicia la preparación de los actos conmemorativos del V centenario del descubrimiento y de la evangelización de América, no podía dejar de reservar un tiempo especial, aunque forzosamente breve, a vosotros, los consagrados al Señor o que lo seréis un día.

Me gustaría poder saludaros personalmente, uno por uno; saber de vuestras actividades apostólicas, conocer vuestras inquietudes, vuestros problemas, vuestras penas y alegrías: oír vuestras confidencias y esperanzas, los deseos de vuestro corazón lleno de amor a Cristo y a su Iglesia.

Pero desearía, sobre todo, que este encuentro fuera para vosotros un momento de consuelo, de estímulo en vuestra vida de testigos de Cristo, de Apóstoles, de personas que han dedicado sus vidas al servicio de Dios y de los hermanos. Sed, pues, plenamente conscientes de que, en buena parte, la edificación de la Iglesia en Puerto Rico depende de vuestra actividad apostólica, como cotidianos mensajeros y distribuidores unidos a vuestros obispos y superiores, sed de verdad en el mundo de hoy, cada cual en su ambiente propio, “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Sal que dé una inspiración nueva a la sociedad, luz que oriente hacia horizontes que no son los sugeridos por meras razones humanas.

2. Queridos sacerdotes diocesanos y religiosos: no dejéis de miraros interiormente con ojos de fe renovada cada día. Sois los elegidos, los amigos de Jesús, los servidores de su plan de salvación. Dispensadores de los misterios de Dios en favor de vuestras comunidades; enriquecidos con poderes que superan vuestras personas, en virtud de la potestad recibida por la imposición de las manos (2Tm. 1, 6), sois los brazos, la voz, el corazón de Cristo que continúa salvando al hombre de hoy a través de vuestro ministerio eclesial.

Reavivad, pues, en vosotros la ilusión, la esperanza, la gracia recibida en vuestra ordenación sacerdotal. Recordad que actuáis tantas veces “in persona Christi”, “in virtute Spiritus Sancti”. Una fuerza interior que supera las capacidades humanas y que ha de llevaros — con humildad, pero con gran confianza — hacia vuestra propia plenitud interior, hecha madurez de vida en Cristo: “Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences pues . . . del testimonio que has de dar de Nuestro Señor” (2Tm. 1, 7-8).

Sí, mis queridos hermanos en el sacerdocio: mirando a Cristo como modelo y como fuerza que puede renovar cada día vuestra juventud de espíritu, sentíos gozosos de vuestra propia identidad de sacerdotes. Y no cedáis nunca a la duda sobre el valor de vuestra vida y sobre la posibilidad de ser perseverantemente fieles a ella. No estáis solos con vuestras únicas fuerzas humanas: “Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia siempre a punto. Por eso no tememos” (Ps. 45 (46), 2 s).

Pero sed a la vez conscientes de vuestra flaqueza, para superar la cual necesitáis imprescindiblemente una constante y decidida unión con Cristo en la oración; necesitáis la gracia de los sacramentos, que también para vosotros son fuente de renovación y de gracia. Así, alimentados en ese hontanar inagotable que es Cristo, fieles a la meditación diaria, al rezo de la liturgia de las horas y con un profundo amor filial a la Madre de Jesús y nuestra, mantendréis inalterada la robustez y frescura de vuestra entrega.

3. Las almas a vosotros confiadas esperan mucho de vosotros. No las defraudéis en la donación generosa: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8).

El amor a Cristo ha de inspirar eficazmente vuestro amor al hombre, sobre todo a quienes están más necesitados. Pero que todos vean en primer lugar en vosotros a los amigos y maestros en la fe, a los seguidores de Cristo, a los constructores de la Iglesia, a los predicadores de hermandad y diálogo, que en ese espíritu se entregan también generosamente a la obra del progreso y promoción del hombre.

En vuestro ministerio concreto, permaneced siempre unidos a vuestros obispos, centros de la vida eclesial diocesana. La unidad que nace del núcleo mismo de nuestra fe cristiana y que pertenece a la esencia íntima de la Iglesia, se hace aún más necesaria cuando surgen dificultades. Por ello no cedáis nunca a la tentación — en aras de una pretendida mayor eficacia pastoral — de desoír o actuar contra las directrices de vuestros Pastores.

Y cuando en el ejercicio de vuestro ministerio encontréis cuestiones que tocan opciones concretas de carácter político, no dejéis de proclamar los principios morales que rigen todo campo de la actividad humana. Pero dejad a los laicos, bien formados en su conciencia moral, la ordenación según el plan de Dios de las cosas temporales. Vosotros habéis de ser creadores de comunión y fraternidad, nunca de división en nombre de opciones que el pueblo fiel puede elegir legítimamente en sus diversas expresiones. Esta consideración que dirijo a vosotros, sacerdotes diocesanos y religiosos, es igualmente aplicable a los otros miembros de las familias religiosas.

4. ¿Qué decir ahora como más específico para vosotros, religiosos y religiosas de Puerto Rico? Recordando palabras del Apocalipsis os repetiría con gozo: “Conozco tus obras, tu caridad, tu fe, tu ministerio, tu paciencia” (Ap 2, 19). Sé de vuestra presencia cualificada en los diversos campos del apostolado eclesial: en las parroquias, con los niños, los estudiantes, los enfermos, los necesitados de asistencia, los pobres, los marginados, los hombres de cultura, o con tantos otros que confiadamente acuden a vosotros buscando consejo y aliento.

Me alegra toda esta presencia eclesial que vosotros ofrecéis con vuestra labor y vuestro amor al hombre por Cristo. Permitidme que a este propósito os recuerde que, como almas consagradas a Dios, habéis de ser ante todo especialistas del Evangelio de Jesús, seguidores de la caridad perfecta hacia Dios y hacia el prójimo en la que se resume la esencia del Evangelio.

Es en este dinamismo de la santidad, en la línea del carisma de cada instituto, donde encuentra la vocación religiosa su verdadero sentido y realización. En una fundamental actitud de servicio: “Schola dominici servitii”, como indica la bella fórmula de la regla de San Benito (San Benito, Regla, 45).

Tened bien en cuenta en todo momento que así como corresponde al laico dar testimonio cristiano en la esfera de las realidades temporales, así el alma consagrada ha de darlo recorriendo en su vida el itinerario de las bienaventuranzas, encarnando con alegría las exigencias de castidad, pobreza y obediencia, participando activamente en la vida de su propia comunidad, manteniendo una intensa vida de oración porque “toda dádiva buena y todo don desciende del Padre de las luces” (St 1, 17).

Por ello, no os dejéis deslumbrar por el espejismo de un activismo desproporcionado que pueda impediros el contacto con el Señor. No cedáis tampoco a la fácil tentación de infravalorar la vida en común o de permitir que motivaciones no evangélicas empañen vuestra propia identidad religiosa o inspiren vuestra conducta.

5. Sé que está también aquí presente un grupo de jóvenes, que representan a esos más de 300 alumnos del seminario mayor y de diversos institutos religiosos, en fase de formación. Ellos alegran profundamente mi corazón de Pastor, porque encarnan las esperanzas puestas en el futuro de la Iglesia en esta Isla.

No necesito muchas palabras para manifestaros, queridos jóvenes, mi gran afecto y mi deseo de confirmaros en vuestro camino. Os exhorto a no apagar vuestra generosidad y a manteneros fieles a la llamada que Dios ha dejado en vuestras almas. Ante la tarea exigente pero grandiosa que os espera, sed conscientes de la importancia de este tiempo de preparación y, como el siervo fiel y prudente del Evangelio, haced fructificar al máximo los talentos que habéis recibido (Mt 25, 14-22), para ponerlos a disposición de la Iglesia y de quienes aguardan vuestro futuro ministerio.

6. Es consolador para mí y motivo de agradecimiento al Padre, constatar la esperanzadora floración de vocaciones sacerdotales y religiosas de Puerto Rico. Ello prueba que la Iglesia hunde cada vez más sus raíces en el alma buena del pueblo puertorriqueño. Y esto mismo ha permitido llegar a la hermosa meta de que todos los obispos de la Isla sean nativos y que Puerto Rico tenga su primer cardenal.

Pero este crecimiento no es suficiente y por ello hay que seguir cultivando con todos los medios las vocaciones a la vida consagrada. Un esfuerzo que corresponde a toda la comunidad cristiana.

Esta Isla que va a cumplir sus 500 años de evangelización ha recibido y sigue recibiendo la ayuda sacrificada y preciosa de otros hermanos en la fe, que viniendo de otras tierras, han dado y dan lo mejor de sí a esta Iglesia. A ellos quiero decir: ¡Gracias en nombre de Cristo! ¡Gracias por vuestra generosidad! ¡Gracias por vuestra apertura de corazón! Seguid trabajando en esta Iglesia hospitalaria que es también la vuestra, la de Cristo en América Latina.

7. Termino pidiendo al Señor que el “Plan nacional pastoral con ocasión del V centenario del comienzo de la evangelización de América” preparado por vuestros obispos, produzca abundantes frutos para la Iglesia que peregrina en tierra borinqueña, y en primer lugar para vosotros.

A vuestras plegarias confío las responsabilidades del mi ministerio como Sucesor de Pedro, y os aseguro que pido a la Madre de la Divina Providencia, para que os ayude, os consuele maternalmente y os haga fieles a vuestra entrega eclesial. Con estos deseos, a vosotros y a todos los que aquí representáis doy con gran afecto mi bendición apostólica.

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